FIDELIDAD
Vivo con Filemón Hernández desde hace 15 años, durante los cuales nos hemos profesado un mutuo fervor sólo comparable a la secreta complicidad de un pacto de sangre Él me quiere, me mima con cierto frenesí desde las puntas de sus dedos, me enerva con su tacto de fuego, no obstante mi dureza; o tal vez sea precisamente mi temperamento agresivo lo que lo sujeta a mi aguda presencia. É sabe, yo misma se lo he contado, que mi recia naturaleza me ha llevado de un sitio a otro del mundo, como a una vagabunda el tiempo. De hombre en hombre he saciado la íntima avidez de mi estirpe con el orgullo de los brazos que me han amado. Porque han sido muchos los cuerpos que se han fundido en mi calor, innumerables los cuellos besados con mi lengua de fuego. Filemón sabe todo esto y no es un "sin embargo" su fidelidad de amante purísimo. No, no. Es justamente ésta, mi dura personalidad, mi temple germano lo que se ajusta a su pasión de patriota uniformado. Por lo menos esto siento cuando me talla, cuando me exige el relato de mi vida signada por el escándalo.
Allá por el 39 acompañé a Hans Fletcher durante las relampagueantes jornadas en el frente polaco. Más tarde me llevó hasta los linderos de Estalingrado y luego, ah, al éxtasis en Auschwitz. Aquellas orgías de sangre, sin rubor, han sido mi elemento, el pan diario de mi vida. A Filemón le encantan los detalles y goza infinitamente cuando le preciso mis experiencias: las yugulares sorprendidas, los corazones perforados, las estampidas de la sangre. En todo lo alto del máuser siempre erguido el brillo de mi raza.
Mi altiva delgadez se ha fortalecido con la edad como si el tiempo rodara sobre mí a la inversa, como si el horror fuera ese manantial rejuvenecedor que los hombres han mitificado para purificar sus esperanzas. Mi esencia es roja y paralela a la negación de un curso vital mientras persista el ánimo de mi señor en turno. Vengo y voy de un sitio a otro alerta a las convulsiones históricas para saciar mi fervor sangriento. Vivé la violencia de la selva con Robert Jonson durante el cerco de Viet Nam: con Tiburcio José en Managua durante el ciclo tormentoso de Somoza; desembarqué en Veracruz a esta tierra de promisión justo cuando el país proclamaba el signo de la paz universal con los aros de la justa olímpica. Aquí fue donde conocí al valiente de Filemón cuando éste cumplía una misión de rutina en los almacenes del puerto jarocho. Fue un súbito arrebato que me conmovió al intuir su arrojo. Me guardó en su cintura decidida con una palpable suavidad y me habló quedito, pero con el tono enérgico de un macho en brama:
-Tú eres de aquí, chiquita.
Por qué no decirlo; al sentir el puño del cabo Filemón, sus acuciantes dedos recorriendo el filo de mis entrañas, percibí una brillante aureola en mi derredor iluminando un futuro de orgasmos inolvidables.
Jamás me importó la humilde jerarquía de Filemón, su callada condición de analfabeta imperturbable, sus ademanes simiescos. Con él encontré el clímax de la posesión; con él he descifrado el código de nuestra irrenunciable afinidad.
Filemón, ahora retirado de la milicia, suele demandarme la necesaria evocación de aquellos días de la ebullición antipatriótica, porque fue justamente el caldero donde culminó nuestra más intensa comunión.
Octubre rodaba sobre las azoteas, se esparcía entre el rumor de la hojarasca, se ovillaba en los rincones de la ciudad. Rodaban también las patrullas y los tanques, se incrustaban los agentes entre la muchedumbre y un arsenal de odios se ovillaba también entre los uniformes. Pero es que los estudiantes se estaban pasando de la raya. Cada enfrentamiento los tornaba inmunes al terror de las ametralladoras. Algunos sectores de la población se empezaron a sumar a las filas de la agitación y la conjura internacional ganaba espacios en todo el país.
Un íntimo sacudimiento alertó mi sed cuando Filemón fue trasladado al batallón Olimpia. El vértigo de sal caliente, la sangre a chorros de la sangre abierta, de la carne mucha y fresca y desatada carne. Nunca tanta la vehemencia de mi índice de acero como aquellas tarde de horror en Tlatelolco.
Una discreta brisa nos envolvía cuando el cerco y el asedio y las bengalas sobre la plaza. Filemón me caló con una suave premura que excitó mis remembranzas de orgías inolvidables. Me acarició los filos con su pulgar derecho y me alentó:
-Te vas a llenar, chiquita.
Me vi de pronto montada al frente de la mira, sujeta a la boca de fuego del fusil y ostentando el rutilante acero de mi sino.
Disparos, gritos en estampida, la carga, la multitud, el asalto, la sangre roja, desbordada, calientita. Hundirse en la memoria una y otra vez, hundirse en las espaldas, en los vientres, en los cuellos una y otra vez, hundirse hasta la saciedad, hasta el orgasmo de sangre, hasta el escándalo de la existencia en fuga.
Filemón disfruta tanto como yo con la nostalgia del recuerdo olímpico. Aquella tarde forjamos una inseparable alianza, sellamos la amorosa reciprocidad que nos une. Su prestancia, su arrojo, su vacación cuartelaría junto a mi obsesiva pasión por la sangre. Fieles al principio de nuestra mutua dureza vivimos anhelando la reiteración del sacrificio.