BOLERO CON DESAFUERO

Y ahora qué, me digo mentando madres sobre el vacío. Los noticiarios escupen los pormenores del desafuero contra el Peje y un malestar de indignación me hunde en ese pesimismo que suele cercar a los pendejos. Todo por andar creyendo en la puta democracia. Me dirijo hacia la primera cantina del barrio con la urgencia de un trago liberador y acaso procurando un escenario más benigno que el repetido por los merolicos de las emisoras. A un costado del templo de La Cruz me encuentro con un oasis de antigua data en Querétaro.

Al llegar a "La Selva" advierto una discusión entre una pareja indecisa justo en la entrada principal del antro. Con permiso y paso entre ambos con la prisa de una lengua que busca un trago de alivio. Un "Tradicional" derecho, por favor mientras me ubico en la barra y veo a la pareja de marras instalándose en un rincón a mi espalda. La dama cuarentona con vestido rojo tiene lo suyo, pero está encabronada contra el tipo cara de vendedor de biblias, gesto de analfabeta exitoso, semicalvo y conciliador. Ella despide un halo de aburrimiento hacia el espejo de la contrabarra y se encuentra con mis ojos afiebrados por la infamia del desafuero. Mientras apuro el primero le disparo de reojo las altas como trazando la ruta de una curva en bajada. En la orilla de ese instante sus ojos casi chocan con los míos al tiempo que el vejete se dirige a la rocola y selecciona dos que tres, con iris de machín priísta. Un mesero solícito atiende su mesa y "Los Tigres del Norte" se arrancan con "El jefe de jefes". Órale. Que sea menos, ojete. Otro, le pido al servidor de la barra en el preciso que mato el primer trago. La música anima el tugurio casi vacío. Son las diez de la noche.

Respiro un oxígeno agresivo que proviene de la pintura fresca del albañal o de la historia política de este país. Tanto esfuerzo, tanta sangre. Termina la primera rola cuando se levanta en dirección del WC el pájaro nalgón. No termina de entrar al mingitorio el tipo cuando las trompetas de "La Santanera" avisan que el "Fruto robado" es mejor. De volada me acerco a la dama solitaria y la jalo suavemente de un brazo. Ella se juega la vida sin el menor de los recatos y simplemente se levanta con la seguridad del deseo. Se deja llevar. Nos estrechamos como amantes que celebran el rito de una reconciliación y al margen de la ignominia que se respira en el país. Empezamos a bailar muy cerca fundiendo nuestros vapores con un vaivén cachondo, muy próximo a los efluvios más generosos de dios. El mío resopla encabronado; el suyo apenas se adhiere con el aliento de una discreta petición que leo sin hacerla de tos. Pienso en este lance como una respuesta activa contra el desafuero del líder capitalino, y por qué no, también como una humilde contribución a la jornada de la lucha que empieza. No está solo.

Nada mejor contra este tiempo de escoria que un levantamiento, me digo y entre piernas dolientes las armas adoptan el sentido de una insurrección. Bailo como nunca aferrado a su cuerpo con la marea de un recuerdo profundo más allá de los años perdidos; más allá de una fresca ignominia; más allá del rencor. Ella me lame el lóbulo izquierdo sin sospechar lo que tiene de historia esa página; me hunde su rodilla entre las mías sin detenerse en los límites del placer; me invita en silencio con una pausa de su cintura para entrar en lo oscuro del ritmo. Yo la exploro. Rozo discretamente sus senos. No guardo la habilidad de mis manos para un encuentro a madrazos. Simplemente las dejo ir en busca de interrogantes mejores y palpo la humedad de lo previsto. No la conozco, pero ya amo su actitud de bestia herida babeando en el cerco de su violencia. Hay un contraste de luz en el aroma limpio de su pelo. Los límites del episodio presagian un poco de sangre, pero no pienso en eso. Es más fuerte el apego de lo que tiene sentido: nuestros cuerpos fugándose del instante como si hubiésemos hurtado el dulce de un fruto mayor.

El perfume de jazmín que fluye en medio de sus senos, mi sudor tramado sobre su cara, nuestras manos oprimiendo aquí y allá con la vehemencia de dos extraños apurando sus vidas. Pero lástima; el bolero termina. La dama me acaricia levemente el mentón y se retira. Leo en su cuerpo un dejo de gratitud que no precisa de las palabras. La acompaño resoplando el aire sofocante del numerito, la dejo en su mesa y lanzo una seña de petición al mesero. Al retornar a mi sitio apuro de un jalón mi vaso mientras el barman me guiña un ojo con gesto de complicidad y me sirve el tercero. Se puede armar un santo desmadre, me dice mirando a la dama que fuma como si nada, en espera de su gañán. Espero que no, le contesto mientras le doy un jalón a mi trago. El Peje sabe lo que hace.

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