TESTIMONIAL DE GÉNERO
La vasta bibliografía que aborda la condición de lo femenino como expresión de la inequidad histórica respecto de la otra mitad masculina del mundo debe incluir la dimensión literaria (el poema, el drama, el cuento) si se pretende comprender la complejidad de ese fenómeno. El nudo conceptual del racionalismo suele eludir este sesgo, por más que la diversidad de los testimonios hable de la necesidad de revertir la creciente de esa manifestación cultural. En la narrativa que se ocupa de la perspectiva de género pueden seguirse las pistas del amplio batallar de esposas y madres; hijas y abuelas; jóvenes y adultas encarando su condición de mujeres en un presente asediado por la urgencia de la reivindicación. Un atisbo hacia el panorama de su expresión social puede ofrecernos la gravedad de esta emergencia que atañe, en primer orden, a la inteligencia sensible.
En Crónicas de Eva, el segundo libro de Alma Idalia Sánchez, puede verificarse el tono que puede adoptar el tratamiento de la perspectiva de género, más allá de las cavilaciones sesudas del discurso teórico. Íntimamente vitales las diez piezas que ofrece la narradora queretana rasguñan la conciencia más firme, dadas las circunstancias culturales que rodean la condición de la mujer del presente. El primero y más extenso de los textos que arman el volumen, “Crónicas del cambio”, juega con la trama de la muerte como preámbulo de la vida, justo en la coyuntura del inicio de la transición política e histórica de un cadáver institucional que se resiste a desaparecer: el partido omnipotente que implantó una “dictadura perfecta” durante 70 años, si usamos una expresión desafortunada de un escritor latinoamericano. La analogía es pertinente si aceptamos que el partido de la revolución culminó en el año 2000 su ciclo de vigencia histórica como instituto hegemónico, del mismo modo que muere la abuela personaje y nace un bebé en la crónica. La ocurrencia de nuestra escritora transita los vericuetos del imaginario popular sobre la muerte y la renovación de la vida como queriendo y no; como sugerencia y ocultamiento; la admisión de lo histórico como un elemento significativo del hecho literario. Por el lado que se lea son patentes los dolores de un parto.
“Arránquele la vida”, el segundo relato de la serie, hunde el índice en una llaga constante: la violencia física conyugal. Un monólogo envuelto con los velos del odio hacia el otro, el poder irracional, el golpeador y la noticia bienvenida de su fallecimiento como una señal de liberación. El texto breve se desarrolla desde la acumulación de las sensaciones agolpadas en la memoria del dolor y la humillación; la impotencia y la frustración. Dispuesta así la literatura al servicio de una causa se advierte el vínculo directo con la actitud testimonial de quien habla por otras, invariablemente las mismas. Se trata del eterno debate entre ética y estética por cuanto un principio del deber ser se urde en la trama de lo estrictamente literario. La escritora asume responsablemente el riesgo y lo resuelve con la certeza que procede de su propia condición. Hay en esta propuesta una evidente adhesión al principio del equilibrio entre fondo y forma, toda vez que en cada crónica se renueva un aspecto del “eterno femenino” que Rosario Castellanos representó en su turno. La complejidad de la estructura de la condición femenina se revela desde lo singular, con nombre y apellido, de tal suerte que Alma Idalia Sánchez teje su versión para subrayar un signo de identidad.
“…antes la mujer le sufría mucho al hombre”, afirma un personaje del texto “Sombra de Eva”, el sexto de la serie. La conjunción de elementos en torno de la dimensión humana desde la perspectiva de género se trama desde lo histórico en virtud de un interés creciente por documentar el itinerario de las percepciones y reflexiones asociadas con los conceptos de injusticia, inequidad, cultura, y en esa dirección emergen también las emociones empíricas, inevitablemente atadas a la vertiente testimonial que Sor Juana Inés fijó en algunas líneas memorables. El tumbo eterno de cada golpe en la conciencia de todos, sobreviviendo a los usos y costumbres que insisten en negar la particularidad de la condición femenina.
Por otra parte, no sólo por la inclusión de una crónica “Entre mujeres”, sino por el tono tejido con los ademanes propios de la condición de género es posible reconocer una dimensión estrictamente femenina de la escritura en los relatos de Alma Idalia, a condición de que percibamos los flujos y aromas de una literatura urdida desde una visión del arquetipo frente al espejo. Cuando se adopta esa actitud emergen desde lo más hondo los referentes de nuestra identidad, tal cual. Por lo demás, esta colección de crónicas demanda una lectura global que no elude el divertimiento.