POÉTICA DE LA CREACIÓN NARRATIVA O EL CUENTO DE CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO

Santiago de Querétaro, octubre de 2005

En un texto memorable publicado en 1980, suscrito con la cabeza de "El desafío de la creación", Juan Rulfo expuso sus ideas y creencias alrededor del proceso de la escritura de un texto narrativo*. Una afirmación interesante da cuenta de su posición ante el sentido del texto literario: "recrear la realidad -afirma- es. . .uno de los principios fundamentales de la creación". No me propongo indagar la visión ontológica del jalisciense autor de la más hermosa colección de cuentos del siglo XX mexicano, sino incursionar en algunas implicaciones estéticas que me parece advertir en las prescripciones rulfianas para contar una historia. La evidencia palmaria de un creador pensándose en el trance de su experiencia creadora es oportunidad para el acercamiento curioso, si lo vemos desde la perspectiva de quien enfrenta un reto mayúsculo.

¿Cuál es el sentido de esa recreación de la realidad"? ¿A qué realidad se refiere Don Juan? Admitamos, desde el sentido común, que un complejo de objetos y fenómenos del cual somos parte puede ser designado como realidad y que el verbo recrear nos conduce a una suerte de reingreso al misterio del origen. Si de eso se trata, entonces la escritura, su expresión literaria, vendría a configurar una representación de lo singular percibido por quien pretende recrearla . Pero ni aún la imagen que proyecta el espejo frente al rostro que lo mira es ontológicamente igual, toda vez que su carácter virtual lo escinde. El autor de El llano en llamas no nos ofrece esa imagen, toda vez que él mismo escritor nos avisa que se trata de una mentira y que priman en su experiencia artística la intuición y la imaginación.

Si de recrear la realidad se trata habría que matizar hacia el sentido de que nos la habemos frente otra realidad, en todo caso parecida o semejante a su modelo. El texto literario, el cuento, no es la realidad sino una recreación, cuyo sentido parte de una incierta fidelidad que a su pesar ha respetado el escritor por cuanto se nutre de las experiencias con ella, frente a ella. Aún cuando alguna luz interior alumbre el instinto del narrador, lo cierto es que la imaginación se alimenta de la experiencia, y luego entonces de algún modo está subordinada con un argumento semejante al que sigue: Juan Rulfo no ubica a sus personajes y tramas en la costa, frente al mar, y menos todavía en las atmósferas urbanas, sino exactamente en un ámbito territorial y cultural de su pertenencia: el Sur de Jalisco.

El universo rulfiano se identifica en una zona del medio rural postrevolucionario del occidente del país, caracterizado por su acendrada religiosidad, la pobreza extrema, la abundancia de supersticiones, leyendas y episodios de la vida social que el imaginario popular alborota para escudriñar sentidos a las existencias de quienes tienen ante sí el drama de pertenecer y radicar en ese infierno, para decirlo con un símil propuesto por nuestro narrador. La imaginación del escritor echa mano del inventario más próximo a sus experiencias vitales, sobre todo aquellas que proceden de la infancia, el lenguaje incluido, justo cuando el pensamiento simbólico y el animismo se asocian para tejer historias alrededor de personajes inexistentes.

Sin embargo, pensémoslo bien, el acoso de una realidad que desafía a la imaginación y la voluntad de representar ciertas formas de lo real son insuficientes para explicarnos el vigor extraordinario de la prosa rulfiana. Que no nos venga el maestro Juan con el cuento de que paso uno, crear el personaje; paso dos, crear el ambiente y paso tres, cómo va a hablar ese personaje. La dotación del imaginario del escritor es aquí determinante. La mezcla de religiosidad, experiencia, formación humanística y genio creador adoptan en Rulfo un formato de singularidad poco común, cuyo significado habría que rastrear más allá de la tradición literaria de su entorno familiar, y más cerca en el interior de los propios textos redactados con la parsimonia y lentitud madura del escritor.

El escritor de Pedro Páramo nos habla muy en serio cuando ofrece su magisterio: "Cuando yo empiezo a ecribir no creo en la inspiración -nos advierte- jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo". No obstante, otra vez, insuficiente. La calidad no se da en macetas ni baja con la celeridad de un talachero voluntarioso. Ejemplos hay en abundancia de quienes llevaron una vida de escritura a rastras, cuesta arriba, sin pasar de un premio en los Juegos Florales de San Pedro Tlaquepaque. La neta no es de este mundo. El talento de Juan Rulfo, su espíritu alerta al dolor humano, la complejidad de su sencillez en la enunciación, la gravedad irónica del ritmo de sus frases, la propiedad del empleo de sus registros tonales, la pertinencia para hundir el dedo en las llagas, no son moneda corriente. Lo que Juan Rulfo no nos dice se puede leer en el subtexto que merodea en su cuento aludido El desafíos de la creación. Sólo un ingenuo puede tragarse la fórmula de sus pasos para elaborar un cuento; o tal vez sí, pero sin la impronta de la genialidad tan cara a la conciencia común.

___

* En la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México. Quincuagésimo Aniversario. Vol. XXXV, Números 2 y 3, octubre noviembre de 1980: p. 15-17.

Entradas populares

Imagen

LA IGUANA

Imagen

FUGAS EN MÍ MENOR

Imagen

PATERNA VÍA