LA COMPRENSIÓN DEL POEMA*

El sentido es, como la lengua nos enseña, dirección.
Se mira en una dirección, al igual que las agujas del reloj
se mueven en un sentido determinado. Así, todos,
cuando se nos dice algo, tomamos la dirección del sentido.
El poema que comprendemos y cuyo testimonio nunca se agota,
y el diálogo en el que nos encontramos y que, como diálogo
infinito del alma consigo misma, no llega nunca a su término,
son formas de sentido.
Hans-Georg Gadamer


¿PARA QUÉ LEER?

El presente ensayo comprende una práctica de lectura orientada hacia la comprensión de un objeto literario, a partir de algunos referentes que el autor de Poema y diálogo propone para construir aproximaciones al texto desde la metodología hermenéutica, entendida como una toma de conciencia de lo que ocurre realmente cuando algo se ofrece a la comprensión de alguien y cuando ese alguien comprende. El propósito de esta tarea consiste en sugerir las opciones multidisciplinarias que concurren en la práctica de la lectura orientada inicialmente por este procedimiento y elaborar interpretaciones personales alrededor de un texto literario significativo para el lector. Los acotamientos históricos del contexto creador, las motivaciones sociales, los sesgos psicológicos del escritor en tensión, las estructuras semánticas del mapa lingüístico, las mordeduras del Ser. . . coexisten en el universo indivisible de un poema y enmarcan la producción de sentido. Ciertamente se reconoce que ninguna herramienta de análisis interpretativo hacia la comprensión de un texto revestido por la subjetividad es infalible; sin embargo, las tentativas del asedio hermenéutico abren múltiples posibilidades de interacción entre las diversas dimensiones de la conciencia del sujeto lector.

La génesis de este ejercicio (muchas veces repetido en las sesiones de taller ) tiene que ver con los problemas de la confrontación entre dos entidades de distinta naturaleza que buscan establecer una relación de afinidad sensible (un diálogo) y resolver un problema del conocimiento: una forma verbal construida con fragmentos de realidad significativa (fines, valores, ideales) que ofrece una imagen de sí mismo, y un sujeto particularmente motivado para restaurar el orden de ese testimonio (la trascendencia de los fines, la inmanencia de los valores, la vigencia de los ideales). En esta empresa de la creatividad en tensión y del saber emotivo respira un fin implícito que conmueve el interés hacia el conocimiento de la identidad humana y justifica ampliamente el esfuerzo: convertir la práctica lectora en una aventura de la conciencia artística.

¿CÓMO LEER?

El poema es afirmación, subraya Hans-Georg Gadamer(1) para evocar un caso extremo de la diversidad de manifestaciones del hecho lingüístico. El texto literario y específicamente la vasta tipología de formatos textuales que comprende el concepto "poema" ( odas, sonetos, décimas, etc. ) adopta el signo de la diversidad, y desde esta condición un receptor sensible pone a prueba su competencia lectora cuando resuelve desanudar los hilos dispersos en aras de la comprensión. Porque la naturaleza del texto poético, las cualidades de su estructura, su intencionalidad, hacen del poema un mundo aparte, y esta dimensión ha originado una distancia respecto de los lectores de narrativa. La definición del hermeneuta, referida al asedio de una obra particular se antoja estrecha como todas; sin embargo, la aseveración propuesta ( la de Gadamer ) posee bondades para el acercamiento personal a los sentidos potenciales del texto poético, puesto el índice en la complejidad de esa tarea que el filósofo alemán emprende con entusiasmo localista. Habla la competencia tramada en la certidumbre de lector y protagonista de un trecho del tiempo acotado con un soplo secular y en cuya esencia permanece un signo del Ser involucrado ( acaso debí decir "invocado") en el objeto y aprehendido a su vez en el trance de ofrecer su testimonio: esa fuerza de sentido deliberadamente abierta en el poema.

El contenido de esa sustancia ( el poema como afirmación ), una obvia figura del pensamiento lógico, puede explorarse desde la temporalidad que delimita la sensibilidad ética del poeta, si leemos el tono categórico de su decir. El cerco de esa aproximación se define en aquella conferencia tejida alrededor de un encuentro con la poesía lírica ( en los años 80 ), de manera particular en torno de un conjunto de poemas de Ernst Meister, expuesta a sus coetáneos(2). Otra obviedad guía los pasos de nuestro lector, aparentemente ajeno a la circunstancia de que su conciencia crítica posee los referentes históricos, casi familiares, imprescindibles para asediar un objeto cuya red de significaciones se internan en el imaginario común: la producción de sentido atañe a ambos sujetos. El poeta se sumerge en el interior de sí mismo para tejer un testimonio de la visión particular de un instante que busca la permanencia; el lector lo recibe con la impronta de un desafío, de una provocación abierta a su capacidad para construir un mapa del enigma.

Vivimos en la época de la poesía semántica, afirma el filósofo de la Universidad de Heidelberg para destacar la necesidad de unir las piezas sueltas del artefacto verbal que pretende la conmoción del origen, a partir de la integración de sentido. El poema -sintetiza- tiene que mantener un diálogo con el lector(3). Reconocemos aquí las posibilidades de desbrozamiento del poema con las herramientas teóricas al alcance de nuestra capacidad de interacción con el texto, y las huellas de un magisterio extendido sobre el siglo XX, al acecho de una oportunidad para humanizarnos.

El recurso inicial para emprender la aventura de leer los silencios y sugerencias abiertas en la red de sentidos del poema consiste en verificar el marco de referencia desde el cual se atisba el texto. Por marco de referencia, aquí, designamos a los referentes empíricos y saberes organizados, y al imaginario total que alienta a la conciencia artística del aspirante lector, aunque esta cuestión no es del todo un criterio definitivo para aproximarnos al texto (la intuición también participa en el ejercicio), pero es evidente que ningún lector está desprovisto de informaciones, nos recuerda Gadamer. No se trata de inventariar lo que sabemos, por supuesto; sino de cercar al poema desde los índices que nos proporciona su unicidad.

Objeto artístico del lenguaje el poema es una evidencia de la cultura que lo prohijó, a través de un sujeto singular. Esta consideración lleva implícita la demanda de acudir a la historia, a fin de identificar el trecho de la circunstancia de producción, particularmente "elegida" por el poeta para emitir el tono de su decir. Queda claro el uso de las comillas en "elegida" para poner en página de duda el hecho de que un sujeto adquiera conciencia cabal de su pertenencia a un contexto social determinado y oriente su voluntad creadora, justo en esa dirección. Lo contrario es también una posibilidad, en la medida en que el poeta se exprese desde el centro de un vórtice social y no actúe sino en el sentido que le imponen sus circunstancias. En ambos caminos es posible localizar ejemplos de esta especie y acreditar una llamada al orden para que avancemos en la empresa que nos guía: la comprensión del poema. La parte axial de una actitud lectora que propicie la conjugación de ambas perspectivas procede de una conclusión categórica de Gadamer:

un poema no es más que una palabra pensante

en el horizonte de lo no dicho (4).

A partir de esta afirmación, densa en extremo, el poeta es visto como un sujeto histórico, por cuanto sugiere una vía para leer el énfasis protagonista de quien busca dibujar una imagen de su circunstancia con las palabras del origen. El texto se erige evidencia al arbitrio del lector, conciencia arriba en la indagación del enigma propuesto, y objeto de una actitud dispersa personificada en el prejuicio de un receptor despierto. En esa dirección el poema ocurre en la zona de encuentro entre ambas entidades: escritor-lector, sujetos en el intercambio de una mediación. La diversidad de inferencias que pueden obtenerse del texto convierte al poema en tierra de nadie; o de todos, según se lea. Esta intersección nos ocupa especialmente cuando rondamos el sentido de objetos singulares, inspirados en el procedimiento hermenéutico, con el propósito de acortar los linderos del poema e intentar acercamientos para una comprensión común.

¿Desde dónde leer?

La forma que reviste el objeto textual determina la actitud lectora. En el caso del poema nos instalamos frente a un objeto artístico visualmente delimitado por los espacios que ocupa en la página. El poeta ha propuesto una visión sintética y fragmentada de la realidad objetiva o ideal, a través de un conjunto indivisible de sensaciones, imágenes e ideas: una palabra pensante, nos recuerda Gadamer para subrayar la naturaleza semántica del objeto, cuyas vías de acceso, iluminadas por la intuición despierta, pertenecen al campo de la inteligencia sensible. La segunda parte de la sentencia, en el horizonte de lo no dicho, comporta el nudo frente al cual se ubica el lector, a sabiendas de que cada rasgo del poema es un indicio de la unidad insinuada. Es posible, por supuesto hender, abrirnos paso en esa trama si no poseemos más elementos que el texto en cuestión; sin embargo, los datos del contexto (autor, nacionalidad, época, etc. ) pueden contribuir en la aventura.

El principio que ordena la actitud lectora, esa disposición del ánimo para orientar la voluntad hacia una actividad placentera, no es del todo razonable si admitimos que la experiencia del gusto personal se pierde en los antecedentes de formación de cada lector y su perfil cultural posee, en consecuencia, el signo de la diversidad de preferencias. El tipo de textos que se leen constituyen en sí mismos una práctica cultural. En el mejor de los casos es pertinente el abordaje de un texto que hable nuestra lengua natural, el sistema lingüístico materno, el medio de relación común que permita aspirar a oír las homogeneidades y variaciones del tono poético, valorando con este juicio la relevancia de una característica esencial del poema y una recomendación del método. Lo demás depende de la paciencia; esa virtud tan cara a los buenos lectores. Sin la paciencia de un cazador ningún lector puede aspirar a la comprensión del poema.

SABER PARA COMPRENDER

El pretexto para decidir al objeto en cuestión carece de sentido. . . uno lee lo que quiere, nos dice Borges, pero no escribe lo que quisiera, sino lo que puede(5). Para el caso, elegimos un texto de un poeta poco conocido fuera de su contexto cubano y sin la fama que suele obnubilar a los legos. Ramón Fernández Larrea pertenece a la Tercera Generación de la Revolución(6), sin que esto signifique un esquema para suponer la afinidad temática y poética de su grupo. Más allá del lindero de temporalidad que los aglutina ( nacidos en la segunda mitad de los años 50 ) este conjunto de voces opta por la ruptura de tonos y actitudes de sus predecesores:

depuración de la expresión conversacional y una reacción contra el coloquialismo, una poesía sosegada, gustosa de la palabra bella; una poesía que se mueve hacia una rítmica más regular y que incluso revitaliza ciertas estructuras estróficas clásicas (7)

En cierto modo empezamos a leer en el momento justo en que nos inclinamos por un determinado autor y un texto en particular. En el hecho de esta preferencia, en la pausa de esta elección ya hemos iniciado el rumbo de la aventura. Recordemos con Gadamer que la cuestión consiste en establecer un diálogo con el poema; de ahí la importancia de identificarnos con el tono de un poeta particular. Este criterio no pretende subestimar a cierto tipo de poemas cuyo sentido lúdico, humorístico, religioso, etc. forma parte de los objetos culturales accesibles a la conciencia común. Este segmento de la lírica popular, por ejemplo, posee también un sentido para los estudiosos de la forma e implica el uso de herramientas analíticas particulares. Lo que subrayamos, en esencia, consiste en identificar a los poemas que implican una conmoción del espíritu del lector y le disponen el ánimo para la búsqueda de sentido. Este carácter se advierte en la obra poética de Fernández Larrea. El ejemplo para nuestro ejercicio es el siguiente texto:


P O E M A   T R A N S I T O R I O

Es difícil vivir sobre los puentes.

Atrás quedó la negra boca del odio
y no aparece el esplendor
esto es también el esplendor
pero tampoco

La cegadora luz siempre estará más adelante
La cegadora luz siempre estará
su nido está en la punta
hacia allá van tus pasos
no te detengas no te detengas no
o el vértigo hundirá su temblor en tus ojos
la cegadora luz siempre estará ante ti
hacia allá va tu sangre pero no la verás

es difícil vivir sobre los puentes


El primer indicio está a la vista en la cabeza textual. Se trata de un testimonio de paso; de un alto en el viaje para delimitar una actitud en movimiento. El hombre ha visto su primera luz en la frontera de una transición, y este dato zanja su existencia en dos: antes de su nacimiento y después de él. 1958 es un hito en la formación social de la isla del caribe por el fragor de la embestida rebelde contra la dictadura de Batista y la antesala de la revolución triunfante. El poeta se concibe "a caballo" entre dos etapas de su trecho histórico.

Es difícil vivir sobre los puentes

El primer verso (ingreso y salida del escenario) es la síntesis de una existencia atribulada por la esperanza, toda vez que el poeta forma parte de una generación que hereda el ímpetu de una conmoción social signada por el fervor revolucionario. El sustantivo "puentes" adquiere una dimensión simbólica que procura salvar un vacío de procedencia ontológica: el Ser proyecta zozobra en su condición inmóvil, justo sobre una circunstancia concebida para pasar de un estado "difícil" a otro deseado. La contradicción se resuelve en una congoja que sucede a la conciencia de inmovilidad frente a la expectativa de cambio. Se advierte una oscilación de temporalidad cuyos extremos se identifican en el latido de una república viva, digna, libre, cercada por la ignominia. La firmeza de la actitud da cuenta del vínculo entre las etapas de violencia fraterna y las previstas para el porvenir, pero las promesas del hombre nuevo, las declaraciones hacia la felicidad plena, los sueños de una patria amorosa y benefactora, no terminan de concretarse.

El poeta reconoce las bondades de su sociedad presente, los innegables avances en servicios sociales, añadimos (educación y salud, por ejemplo) y le adjudica una imagen de similitud con el futuro previsible desde la filosofía política que guía al pueblo cubano, pero no es precisamente lo que vislumbra. La antítesis oscuridad-luminosidad se proyecta en dos líneas terribles:

Atrás quedó la negra boca del odio
y no aparece el resplandor

"La cegadora luz", tres veces reiterada en la brevedad de catorce líneas es la utopía, el sueño. La recurrente imagen luminosa destaca el sentido de una espera que rebasa las cuatro décadas al acecho de la abundancia, de oportunidades para todos en todas las áreas del dominio humano, de posibilidades para el surgimiento de una nueva, más grande y feliz casa de todos. No obstante, aún incipiente en la memoria de la esperanza, viva en el seguimiento de los hijos, alerta en su vigilia impaciente, no será experiencia del poeta, por cuanto se sabe inaccesible en el deseo de quien precisa un relámpago en la distancia. Miles de compatriotas suyos han salido de la isla urgidos por ese destello, hacia otras latitudes, con el imperativo de respirar , no esa, sino otra luz. El poema circula en torno del eje lamentación-esperanza. El lenguaje es llano; el tono, grave e impetuoso, simultáneamente:

no te detengas , no te detengas no
o el vértigo hundirá su temblor en tus ojos

El imperativo contiene un dejo de optimismo y la advertencia, temor al vacío, formalmente insinuado en el verso más urgente (el tono se eleva con celeridad ) del poema. El énfasis del tratamiento en segunda persona personifica al poeta frente al espejo de una necesidad vital pendiente de un mañana que no termina de llegar. Fatiga del ánimo en presente y reclamo de un futuro inaprensible. La condensación vigorosa de la actitud moral del poeta acentúa su inconformidad ante las múltiples carencias de su sociedad sin denostar la vigencia de sus expectativas. Una tensión profunda se respira en el clímax del poema con la duplicación del primer verso que cierra, a modo de paréntesis, el espacio de una denuncia del tamaño de la esperanza.

Más cerca de la duda que de la certidumbre Fernández Larrea concierta una íntima protesta compartida por su generación para incluir a la zozobra entre los tópicos de la poesía cubana contemporánea; esto es, la que se factura en los últimos veinte años. ¿Qué significa esto? En primer lugar, que el coloquialismo lírico de la etapa posrevolucionaria, el tono heroico de su irrupción social, ha sido rebasado desde la década de los 8O, con poetas como Osvaldo Sánchez, Ángel Escobar, el mismo Fernández Larrea, entre otros muchos nacidos en la segunda mitad de los 5O(8); en segundo lugar, que los espíritus de esta promoción construyen una poética próxima a la necesidad de deslindar su práctica política de su oficio literario, y en este trance apuran el trago de la denuncia crítica y el conflicto social, habida cuenta de su simpatía con el modelo socialista cubano, pese a los vientos de la adversidad. Evidentemente escriben desde escenarios distintos a los de sus antecesores, sin romper del todo con las poéticas que les precedieron, sobre todo la del maestro Eliseo Diego.

LA EXPERIENCIA LECTORA

Todos los métodos de interpretación conocen el fracaso, nos alerta el guía, para acentuar la prudencia de los juicios categóricos, con frecuencia imprudentes. La herramienta hermenéutica, su pertinencia metodológica, sus indudables bondades, dependen en última instancia de quien la usa. Nada extraordinario sería la eventualidad de que la propuesta de "comprensión" del poema analizado haya rozado apenas tangencialmente el sentido esencial propuesto por el poeta. En tal caso, el método recomienda eliminar lo escrito y retornar nuevamente al poema, con nuevos bríos. . . y otra visión.

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Referencias

1 Cfr. Poema y diálogo. Ensayos sobre los poetas alemanes más significativos del siglo XX. Barcelona, Ed. Gedisa, 1993: pág. 144. Incluye escritos acerca de Hörderlin, Stefan George, Rainer María Rilke, Paul Celan, Hilde Domin y Ernst Meister.

2 Desconozco la fecha de la exposición, pero el volumen consigna que la primera edición data de 1988. Poema y diálogo, Op. Cit. Pág. 142-155.

3 Ibid. p. 150.

4 Ibid. p. 152.

5 En Arte poética. Seis conferencias. Barcelona, Ed. Crítica, 2001: pág. 119.

6 Cfr. Arturo Arango, En otro lugar la poesía, prólogo a Los ríos de la mañana, Antología de Norberto Codina. Madrid, Ed. UNIÓN, 1995: pág.

7 Id. 12-13.

8 La muestra de Norberto Codina Op. Cit. incluye a Angel Escobar, Chelo Lima, León de la Hoz y Roberto Méndez.

Publicado en La Cosa Precisa No.0 Santiago de Querétaro Noviembre,2005. Pp. 36-49

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