FRENTE AL ESPEJO

Cultura literaria y conciencia intergeneracional.*

Guardo aún los efectos de la lectura de un libro memorable en el sentido de la actitud que asume su autor para evaluar lo que juzga como “hacer justicia a nuestros autores” para referirse a la más alta nómina de ingenios del ancho patio del solar latinoamericano. Actitud ejemplar la suya.  Con Los nuestros, cuya primera edición data de 1966,Luis Harss realiza una tarea de valoración literaria en principio vigente que puede leerse con la relevancia de un compromiso a cuestas. En la antesala del  escrutinio crítico a los diez narradores incluidos en el estudio del profesor chileno se advierte la intención ética que lo guía. Desde Alejo Carpentier y Miguel Àngel Asturias, hasta Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, incluyendo a Joäo Guimaraes, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Oneti, Julio  Cortázar y por supuesto a los mexicanos Juan Rulfo y Carlos Fuentes. Es una mirada interior desde el propio contexto de referencia necesariamente afín  con lo que sospechamos nuestro, y en consecuencia dimensión histórica cultural desde la narrativa.  El vacío en esta selección reitera el tajo del eterno femenino en el sentido de una omisión consciente. A la altura de la década de los 60s ya destacan algunos ejemplos relevantes de la memoria narrativa de la mujer (Rosario Castellanos y Elena Garro, por ejemplo) cuya defensa asume Nélida Piñón, desde la cátedra Alfonso Reyes, con vehemencia de género en su recuento de La seducción de la memoria. 

Por lo demás, queda implícita la idea de que resulta imprescindible ocuparnos de  nuestros escritores  con la amplitud de una responsabilidad conferida por un deber ser, previo a su examen crítico, en el supuesto de que la perspectiva regional de la producción literaria posee un sustrato microhistórico ampliamente abonado por la tradición y enriquecido por la modernidad con todas sus implicaciones.  En el presente escrito procuro seguir los indicios de esa actitud, por cuanto tiene de útil para sustentar un trazo libre sobre el contexto de la cultura literaria en Querétaro y asociarla con el concepto de conciencia intergeneracional, sin perder de vista la desproporción evidente entre autores y obras de talla universal respecto de la mayoría de nuestros valores locales de ayer y hoy.

La cuestión de las generaciones literarias vista como personificaciones de la tradición   permanece abierta para la circunstancia literaria hermanada con la historia local, considerando la queretanidad que Don Valentín Frías, Carlos Septién, Don Guadalupe Ramírez Álvarez entre otros ilustres cronistas cultivaron con la vocación fincada en sus raíces. Tal vez desde esa perspectiva se podría comprender al “Parnasillo”, el grupo de intelectuales que concibieron y dieron forma editorial al Heraldo de Navidad en las postrimerías del XIX e iniciando el siglo XX.   

La práctica de la valoración acontece con la frecuencia de los gustos e intereses literarios si consideramos que el primer criterio que guía al crítico consiste en la selección de la obra objeto del examen. Si elegimos una gran pieza del inventario de escritores universales se advierte que tal decisión nos confiere, inicialmente, la estatura virtual para medirnos con el rasero del prestigio que acompaña al texto en perspectiva, aunque esto suponga el riesgo de no alcanzar el mínimo deseable en la valoración. Dado el caso de la obra de Juan Rulfo, por ejemplo, luego de medio siglo de asedios procedentes de todas las latitudes y niveles resulta harto difícil aportar elementos originales en la apreciación de la breve y compleja obra del narrador jalisciense. No es el caso de nuestros poetas y narradores, generalmente desconocidos en su tierra. Pienso en José Dolores Frías cuya obra lírica y narrativa completa no ha sido recopilada y editada en su entrañable ciudad, aunque lo mismo puede decirse del lusitano queretano recientemente fallecido autor de Cantado para nadie. En ambos escritores notables se cierne el estigma del vacío generacional: han sido leídos y reconocidos primordialmente por críticos de otras latitudes, mientras en su vecindad de origen se les ata con evocaciones y reconocimientos oficiales. Muchas loas simbólicas distantes de la lectura y valoración crítica de sus obras, en contraparte con el silencio de los escritores locales.

El criterio para el acotamiento de los acervos literarios locales como corpus para la evaluación crítica parte de una necesidad particular: la de identificar los valores éticos, estéticos, históricos y culturales de nuestros escritores, con el propósito de inscribirlos entre los valores del patrimonio social y contribuir en su inserción en la memoria cultural de la comunidad. Como se advierte en este enfoque -el pasado respira en el presente- la valoración estrictamente literaria es ampliada con la inclusión del sentido histórico de las obras, su valor testimonial como indicio del imaginario social, la adopción de influencias interculturales y externas, su lectura como evidencias de la dinámica de las lenguas, su relación con otras obras y dimensiones de las objetivaciones culturales: las letras con la música y el teatro; las leyendas y crónicas con la historia; la narrativa con la vida social.  En ese vórtice emergen proyectos personales y empresariales; institucionales y colectivos, de cuyas expresiones dan cuenta los periódicos y las revistas; los suplementos y los libros; los folletines y opúsculos; las ediciones artesanales y las profesionales; del mismo modo que los talleres y los encuentros; los recitales y lecturas públicas; los foros electrónicos, los blogs y los sitios de la Internet. Hablo entonces del sentido de la tradición de la cultura literaria en el presente, de suyo inexplicable sin los genes de la herencia del modo en que se gestan las representaciones sociales de la literatura en el cuerpo social.  

Sobre ese contexto observo el horizonte actual de nuestra literatura en Querétaro con el más íntimo sentido de una vecindad familiar, habida cuenta de que coexisten escritores y obras de seis generaciones imbricadas si aceptamos el criterio de una década por cada promoción y los vínculos estrechos entre poetas, narradores, cronistas y ensayistas de diversa procedencia generacional. El sentido común subraya las actitudes frente al lenguaje y los motivos de esa comunidad para enfrentar los desafíos de la creación, la difusión y consecuentemente las emulaciones, contagios, rivalidades, reconocimientos e indiferencias naturales en las relaciones sociales.

Los indicios de apertura de una circunstancia favorable para emprender la aventura de una mirada recíproca se perciben en la proliferación de los proyectos editoriales, en las convocatorias para la participación inclusiva, en la organización de seminarios y talleres gratuitos, en una visión más clara sobre el sentido histórico de la escritura y especialmente en una toma de conciencia intergeneracional. Este último  rasgo aspira a la construcción de un concepto moral, esto es, a la observación de nosotros mismos que incluya el trayecto de una historia social cuyas raíces transpiran simultáneamente en la literatura popular, indígena y urbana. Leída así la conciencia intergeneracional se expresaría desde la conmoción de cada texto como una reiteración testimonial de lo que somos: un segmento social sensible a las pulsiones, aspiraciones y eventos de lo humano a partir de las sentencias y consignas del lenguaje. En su expresión social sería también la conciencia de comunidad actuando en defensa y promoción de bienes y valores culturales.

En el sustrato de la experiencia literaria se renueva el mito de la creación y el asombro como quien hurga indicios de un origen común. Los temas son invariablemente los mismos, y los mismos afanes de conocimiento de sí y de reconocimiento social mueven la voluntad para crear otros mundos desde la función poética de la lengua. En su patria filial los queretanos hemos advertido un lugar común. Ningún hijo de Conín ha sido ajeno a esta constante: la tendencia a escribir alrededor del universo local. Véanse los casos de las grandes figuras universales: Borges y Buenos Aires, Rulfo y el Sur jalisciense, García Márquez y el caribe colombiano, y del mismo modo los jóvenes poetas y las angustias de la cultura urbana. ¿De qué vamos a escribir?, interrogué recientemente a Eduardo Milán. “En esa pregunta –respondió con sapiencia- caben todas las respuestas”. Todavía en algunos textos de la generación de los 50s es perceptible el toque de la mirada sobre el contexto de su entidad, mientras en las generaciones posteriores se va diluyendo ésa actitud. ¿Cuáles son los eventos y objetos que conmueven a las recientes generaciones? Una aproximación supone el diálogo que puede suscitarse entre generaciones y propiciar el sentido de sus afanes, pero esto supone el principio elemental del mutuo reconocimiento en la aventura con el lenguaje.    

Sólo como ejercicio indicativo identifico, para empezar, una relación no exhaustiva, pero sí sustantiva de escritores de y en Querétaro, a partir de la generación de los nacidos en los años 30s y aceptando el criterio de clasificación generacional por décadas. El sentido de la delimitación no es arbitrario si subrayamos el hecho de que subsiste un tipo de relación y convivencia, no siempre amable, entre algunos escritores de diferente generación y de su presencia pública a través de su labor editorial y de sus textos en algún medio particularmente local. La inclusión de autores no nacidos en la entidad obedece a la socialización de sus obras insertas en la dinámica de la cultura local, al margen de la distancia física que guarden con ella.

Generación 1930-1939:

Francisco Cervantes (†), Salvador Alcocer, Ignacio Arriola, Hugo Gutiérrez Vega, Paula de Allende (†), Nuria Boldó (†), Humberto Carreón (†), Felipe Santiago Koh Canul, Olga Nelly Sánchez, Eduardo Soto Izquierdo, Óscar L. Ruys, José Rafael Blengio.

Generación 1940-1949:

Javier García Méndez (†), Eulalio Gómez, Fidel Soto, Florentino Chávez, Felipe Chávez, Cristina Ruys, Javier Barrientos, Alonso Cabrera, Manuel Herrera (†), José Luis Sierra, Félix Zavala, Enrique Vallejo, Arturo Santana.

Generación 1950-1959:

Jose Luis de la Vega, Julio César Cervantes, Juan Antonio Isla, Gerardo Ribeiro, Araceli Ardón, Miguel Aguilar, Roberto Cuevas, Fernando Tapia, Ma. de Jesús Ramírez, Salvador Cuevas, Carlos Osuna, Blas C. Terán, Guadalupe Segovia, Luis Fernando Flores Olague (†), Encarnación Ríos, Juan Hugo Pozas, Alfredo García Servín, Agustín Escobar, Abelardo Rodríguez, Armando Arias, Ma. Teresa Azuara, Juan Manuel Malda, Anabel Rodrigo Cervantes, Gloria Rosas (†), Ramón del Llano, Carlos Batista, Rodolfo Anaya Larios, Jesús Aragón, Carmen Simón, José Andrade, Alejandro Rodríguez, Carlos Alcocer, Tarcisio García, Héctor Cabrera.

Generación 1960-1969:

Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, Manuel Cruz, Martha Favila, Ulises Avendaño, Beatriz Padilla Siurob, Roberto Servín, Dionisio Munguía, Antonio Vilanova, César Cano Basaldúa, Martín Hurtado, Alejandra Camposeco, Darío Reséndiz, Pedro Martínez, Hugo Hernández, Aura María Vidales, Alma Idalia Sánchez, Óscar Santos, Leticia Chávez, Ma. Carmen Martínez, Abel Blanco, Francisco Nieto, Eduardo Garay, Miguel Ángel Torres.    

Generación 1970-1979:

Luis Alberto Arellano, Román Luján, Gabriela Aguirre, Osvaldo Fernández, Leslie Dólejal, César Báez, Luz Angélica Colín, Margarita Mondragón, Eduardo Rendón, Margarita Ladrón de Guevara, Lorena Alcalá, Iván Hernández, Jacobo Reyna, Ricardo Mazatán, Octavio Crespo, Baltasar Reséndiz, Paulina Romero, Roberto López Franco, Miguel Loyola, Santiago García, Elsa Alonso, Patricia Juárez, Pedro Moreno, Mónica Barrón, Narda Eurídice, Begoña Llanos, José Antonio Tamez, Federico de la Vega, Isabel Gómez, Aranzazu Núñez, Silvia Lira, Paula Muñoz Inclán, Gerardo Hernández, Connie Sánchez Díaz, Samantha Bañuelos, José Manuel Velázquez, Mariana Hartasánchez, Jesús Villatoro Ramos, Paola Valencia Juárez, Hugo Azpeitia, Gabriel Vega, Ricardo Carapia, Ricardo Valdez, Antonio Valiente, Víctor M. Campos.

Generación 1980-1989:

Elisa Alejandra, Daniela Galaviz, Brenda Mariana Medrano, Tadeuz Argüeyo, Luis Enrique Aguirre, Alejandra Alatorre, Marisol González de Cosío, Sara Luz Elechiguerra, Benjamín R. Moreno, Javier Raya, Jacobo Pichardo, Carlos Underwood, Gerardo Sámano.

Perfectible como toda propuesta, se trata de un inventario incompleto y abierto que incluye escritores locales y de diversa procedencia que se han avecindado temporal o definitivamente en la entidad, que han dejado pistas de su práctica verbal, de obra cerrada (la de los escritores fallecidos) e incipiente y embrionaria como en las nuevas promociones, autores con reconocimiento, amplia obra y trayectoria y escritores que cuentan apenas con textos iniciales. Las aristas de la interrogante ¿quién es quién? está bien definida en un segmento de cada generación, y no es visible en aquellos que apenas han publicado balbuceos de su producción. La sedimentación de las obras, en términos de calidad y trascendencia social vendrá en el futuro; la claridad y permanencia de la vocación hacia el lenguaje sólo viene cuando ha transcurrido el tiempo suficiente para leer el conjunto de la propuesta de cada autor y permite acotar lo valioso respecto de lo intrascendente.

En este escenario es posible formular cuestiones acerca de las constantes estéticas, éticas, tópicas y culturales que ocupan a cada cohorte generacional, así como a las sensibilidades y conciencias orientadas por la vocación o la necesidad del arte  en tanto recipientes vivos y expresiones singulares de la cultura universal. ¿Cuál es la distancia estética frente al lenguaje entre los primeros versos de Salvador Alcocer y los más recientes poemas de la generación de los 80s? En el espectro se advierte la presencia de quienes asumen la práctica de la escritura desde la formación y la vocación profesional, y en consecuencia difunden y promueven la cultura literaria con la certeza de quien cumple con una función social.

Carecemos de una historia social de las letras en Querétaro. Ciertamente existen escritos diversos que abordan la literatura popular e indígena, reseñas, reportajes y semblanzas de obras y autores de ayer y hoy, medios diversos que abordan autores, fragmentos, objetos y fenómenos recurrentes de lo literario, pero la mirada global y sistemática de un horizonte que comprenda lo singular de la tradición literaria en nuestro medio aún espera su turno. Tal vez la conciencia intergeneracional sea el puente que permita transitar en esa dirección. Ocuparnos de lo nuestro, de “los nuestros” como ejemplifica Harss, sin menoscabo de lo otro, lo diferente. No con el atisbo de la mismidad provinciana que se regodea hurgando en el baúl familiar para purgar su nostalgia, sino en la concurrencia de lo universal en cada miembro de la casa para crecer juntos;  mirarnos en el escenario como protagonistas de un añejo oficio extendido y renovado en cada generación, leernos y ocuparnos de nosotros mismos como principio de identidad compartida como condiciones necesarias para reconocernos frente al espejo de la memoria cultural común.

Santiago de Querétaro, 1º. de septiembre de 2007

___

* Texto Leído en la Mesa de Ensayo del II Maratón Literario de Verano del Seminario de Creación Literaria (CEFAC | Instituto Queretano de la Cultura y las Artes) en el Museo de la Restauración de la República, 1ro. de septiembre 2007.

Entradas populares

Imagen

LA IGUANA

Imagen

FUGAS EN MÍ MENOR

Imagen

PATERNA VÍA