CREATIVIDAD Y CONOCIMIENTO

ESPECULACIONES ALREDEDOR DE LAS AFINIDADES EPISTEMOLÓGICAS ENTRE LA CREACIÓN POÉTICA Y LA CIENCIA.

Voy a hablar de un territorio de la conciencia cuyos límites arañan los extremos de la razón, precisamente porque no hemos construido aún con suficiencia, explicaciones lógicas para comprender lo que ocurre cuando designamos con palabras un evento de la realidad, bien sea para nombrarlo desde el vértice de un concepto, o bien para sugerir sus posibilidades de ser desde una imagen poética. De dónde proceden las habilidades del teórico y los actos circenses del poeta para embaucarnos con la imaginería de las razones y las expresiones, en apariencia disímiles por sus contenidos, por sus procedimientos y formas. Merolicos o magos han sobrevivido a todas las conflagraciones mundiales, sin que asome alguna posibilidad de su exterminio. Lo mejor es darnos la vuelta en U y retornar al origen.

Inacabada como es la conciencia posee un doble carácter ontológico: es social desde la perspectiva de lo humano; es personal porque cada individuo está cercado por un mapa semántico irrepetible. Somos el mismo, en plural; somos distintos, en singular. Ciertamente a la mayoría de la población le pesa el costal de las diferencias y procura, en cambio la uniformidad de formas y prácticas, del todo imposibles de ser. "Todos coludos, todos rabones", pregona la filosofía del aforismo con un espíritu de democracia popular.

La globalización neoliberal de las economías, digámoslo de paso, atenta contra esta naturaleza específica del ser cuando pretende medir, valorar, tasar con el mismo rasero a la humanidad entera, justo cuando hemos descubierto la diversidad infinita de expresiones multiculturales.

La historia de la persona es un edificio habitado por los modelos de apropiación de lo real: la experiencia, la religión, el arte y la teoría, de la mano de otras entidades ideales: creencias, sentimientos, valores, suposiciones, cuyas relaciones, predominios, manifestaciones justamente nos identifican en singular. Me voy a referir a algunos rasgos de las dimensiones del arte y de la teoría, con la finalidad de contribuir en la torcedura intelectual de no ver los vasos de afinidad entre la creación y el saber. El supuesto de esta exposición afirma la existencia de un vasto campo de la conciencia en donde velan sus armas los señores de la guerra posmoderna: el poeta y el científico. Ambos buscan apropiarse de ciertas esencias de la realidad con recursos distintos, puesta la mira en horizontes opuestos: el poeta con imágenes, emociones, sonidos; el hombre de ciencia, con conceptos, categorías, hipótesis.

Las mulas que transitan el camino real de mi pueblo hacia la capital bajan el hondo tajo de una barranca para cruzar hacia el otro extremo del sendero, apenas medio kilómetro de longitud entre ambas orillas; sin embargo el descenso y la subida les lleva horas interminables bajo los fardos de la carga y el azote del sol. Dura labor también la del arriero cuyo chicote suda con el calor de la premura por estar del otro lado, pisando el parejo polvoriento del llano.

Como milagro caído del deseo un día llega la ciencia hermanada con la tecnología y en un abrir y cerrar de ojos tienden un puente que puede cruzarse en cinco minutos. Enhorabuena, pero las mulas ya tienen trazado el itinerario de su paso y sobre el lodo fresco se advierten aún las huellas de sus patas, de manera que antes de llegar a la armazón de hierro y concreto las bestias reconocen los signos de la costumbre y persisten en el avance cuesta abajo alentadas por la experiencia, y a pesar de los esfuerzos del guía para encauzarlas sobre la nueva pista inaugurada con la consigna al pie de la estructura: este es un puente y se pasa por arriba.

De modo similar actuamos (disculpa de por medio por las implicaciones de la analogía) en la práctica cotidiana. Olemos el aire impregnado con el efluvio personal que hemos dejado al paso y nos identificamos con esa experiencia, reconfortados por la seguridad que nos proporciona lo conocido. Esta es una ventaja del lugar común. Percibir la realidad como un reflejo de las apariencias nos ubica ciertamente frente al plano de las certidumbres, aunque su vigencia adopte el carácter virtual de una representación.

La práctica de la ciencia, por el contrario, procura senderos nuevos. Solemos recorrer el mismo itinerario tantas veces como lo permite el tiempo de la innovación, porque asoma el rostro de la necesidad como divisa utilitaria, pero nuevas interrogantes abren opciones al pensamiento inquisitivo y no queda sino el imperativo de la invención. En la heurística de la conciencia teórica nada permanece estable mientras imaginemos lo posible como un territorio para la trasgresión. Sin ruptura no hay avance. El pensamiento empírico, por su parte subraya la apertura hacia la socialización universal de lo evidente: soy un objeto de conocimiento.

La ciencia, desde su perspectiva formal, es un discurso. Sólo entre colegas es posible discutir acerca de las bondades de la investigación sobre el genoma humano, por ejemplo; a los legos toca valorar desde el lugar común y el prejuicio; desde la creencia y la moral. No obstante, la lengua es herramienta común. He aquí la esencia de aquella afinidad. El lenguaje está dispuesto para organizar el aparente caos de la naturaleza del mundo real, aunque en la antesala de su reconocimiento poeta y científico se reconozcan ellos mismos objetos de su creación indagación. Paradoja de las ciencias sociales y biológicas, esta circunstancia es de un carácter tautológico si se le mira desde la sentencia que sigue: el objeto de conocimiento más complejo del universo, soy yo. Desde el enfoque epistemológico el sujeto deviene objeto de sí mismo en cuanto totalidad de esa porción de la realidad, cuya esencia es pensamiento. El psicoanálisis, por ejemplo, puede ayudarnos a reconstruir la estructura de la conciencia de un sujeto a partir del estudio de su historia; la biología nos proporciona un compendio cada vez más amplio del animal orgánico; etcétera.

¿Cómo romper ese globo de extensión imprevisible?

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