CONSTRUCCIÓN DE LA CIENCIA Y PRÁCTICA POLÍTICA

Federico Reyes Heroles, Conocer y decidir. México, ED. IESA, 1998: 288 pp.


Nos encontramos frente a un esfuerzo de divulgación que viene realizando con acierto el Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América, a través de la colección Diez para los Maestros. Un concepto inteligente que aglutina propuestas del más alto nivel de calidad (y de cantidad, si juzgamos a partir del tiro de 200 mil ejemplares de este libro) e índice editorial puesto al día para incidir en la actualización profesional del magisterio de base, tradicionalmente activo en la zaga de la modernidad; una promisión cercana tan cara a nuestros deseos que no termina de llegar.

Conocer y decidir de Federico Reyes-Heroles es un recorrido singular de historia de las ideas y del universo de sus implicaciones en los ámbitos de lo social, ese bosque profundo, que podría emplearse muy bien para apoyar el desarrollo de un curso de epistemología, o de historia de la ciencia, por ejemplo. El itinerario de la exposición, rica en matices, sugerencias y recursos didácticos logra sortear con ingenio y amenidad la intrincada trama de conceptos, categorías, autores y contextos con la seguridad que anima la experiencia de su magisterio, en la medida en que supone el perfil de un destinatario lector no avezado en el estudio de los eventos y procesos de la actividad productora del conocimiento humano. Los maestros de educación básica tenemos aquí la oportunidad de revisar y ampliar nuestro marco de referencia; platicar, disentir y decidir por la vía del diálogo lector, respecto de la historia de la épica de la ciencia y de sus significaciones culturales, sociales y políticas, con la guía de un profesional de la reflexión, en cuya nota preliminar valora esa parte de su vocación: "Pocas actividades tan nobles y bellas como la enseñanza".

Ese aspecto del volumen, es decir, su intención docente signa su carácter paralelamente con el riesgo propuesto en el acotamiento temático, toda vez que un solo concepto (ideología, por ejemplo) de los muchos que se abordan en el desarrollo del libro, ocupa la atención de innumerables especialistas. El riesgo del asedio superficial busca su equivalencia en las intenciones del estudio. Dicho de otro modo: el sentido de la exposición pertenece a una traducción personal que el escritor ha construido alrededor del tema propuesto. Esta observación, válida para todos los productores de ideas no atenta, por supuesto, contra las bondades del ensayo de nuestro autor, en el entendido de que invita a la reflexión (y lo logra) desde un aula abierta. El maestro Fernando Savater, desde otro espacio de esta misma colección, nos recuerda una recomendación para el caso: "no ha que desdeñar el lenguaje llano, ni las referencias a lo popular, ni el humor sin el cual la inteligencia no es más que un estofado de imbecilidades elevadas". En este caso Conocer y decidir resuelve con éxito el vínculo contenido-exposición. Es útil.

Es posible coincidir, en lo general, con la perspectiva global del problema del conocimiento que el profesor universitario propone en la primera parte de su ensayo; la libertad con la cual transita desde la conciencia teórica hacia vertientes de la literatura y del pensamiento común, aborda los conceptos, momentos históricos y figuras más relevantes de la práctica cognoscitiva humana. En este trayecto es evidente una distancia entre las circunstancias histórico sociales en cuya dinámica se gestan y explican los afanes por el conocimiento, y la selección que el escritor ofrece, conscientemente de los conceptos y paradigmas para ilustrar su argumentación. Algunos momentos hermenéuticos aparecen también como apoyos de la conciencia que guía el discurso. Amplio conocedor de la diversidad de las expresiones sociopolíticas que implica el desarrollo de la ciencia, el maestro Federico Reyes-Heroles ha decidido apuntar, subrayar, acotar y profundizar ahí donde su buen juicio le ha parecido pertinente. No podría ser de otra manera si se enfatiza la intención de armar una síntesis personal de muchos siglos de desarrollo de una preocupación axial de la cultura humana y abrir un espectro de las alternativas de elección que el sujeto consciente puede asumir en su práctica social. La primera observación proviene justamente de la eliminación, del inventario de apostillas, del concepto dialéctica, cuyas categorías de análisis de lo real han abierto un vasto campo de reflexión y confrontación en los círculos filosóficos, cuando se aborda el problema de la construcción científica. Implícito en el cruce argumental de otros conceptos y autores, el término dialéctica brilla en ausencia. Confiamos en la certidumbre de que nuestro escritor posee una explicación sobre este punto.

En contraparte subraya algunas voces que han venido desde la realidad que designan: "diferencia", "democracia", "sociedad abierta", "sociedad civil", "sociedad política". Esta aportación abre el debate. El estado que guarda la conciencia ideológica de cada quien, determinará la posición sociopolítica que se asuma en esa contienda. La masa de analfabetos (reales y funcionales) es proclive a la seducción mercantilista de los medios de comunicación masiva. Y de los agoreros de la democracia. Desde los umbrales de una conciencia que depende de la reflexión ajena, los marginados del saber no poseen la libertad de la decisión personal. La intervención sistemática en los procesos formativos de la conciencia social es aquí fundamental.

Entre la realidad y la conciencia que poseemos de ella existe una interminable variedad de mediaciones que obstaculizan (o facilitan, según se vea) los esfuerzos de apropiación e interpretación de los misterios y fenómenos; de los objetos y hechos. Las creencias y las experiencias, las ideologías y las mitologías; las magias y las religiones; los arquetipos y los instintos. Ese árbol inmenso proyecta la fronda de una metáfora en cuyos sentidos corre la luz; o se estaciona con la expectativa de una circunstancia favorable para su emanación. La dimensión ontológica, entendida como el conjunto de los juicios, prejuicios, imágenes y símbolos que el ser posee acerca de la esencia de sí mismo y de la realidad concreta precede a la designación de los hechos y objetos de conocimiento. Nacemos, en efecto, humanos desde la organización biológica, pero solo aspiramos a ser cuando advertimos la necesidad de construir un sujeto consciente de sí, de su sociedad y del mundo.

Con el amparo de su desnudez original, su ignorancia frente a las formas y esencias de la naturaleza el hombre se interroga en torno de la necesidad y de la posibilidad de hacerlas suyas. El conocimiento es posible, concluye, con la intermitencia oscuridad-claridad. De la ceguera, a la percepción; de la confusión, al orden. La coexistencia del hombre común con los sabios, sacerdotes y artistas anima, aún en nuestro presente, los escenarios de las comunidades rurales y urbanas; campesinas y universitarias. Los remanentes históricos y culturales de innumerables naciones y grupos étnicos cohabitan con los híbridos raciales universales de las sociedades modernas. La red conceptual de las diversas representaciones culturales de la sociedad actual configuran un sentido de gran relevancia a nuestras vidas, de modo tal que sustenta no pocas prácticas de instituciones y actores de la vida religiosa, política y cultural. Y en sentido inverso las instituciones emiten permanentemente sus propuestas ideológicas.

Desde otra mirada la vertiente de los imaginarios acecha desde lo profundo del Ser: sentimientos, deseos, instintos participan en la trama de la producción intelectual con toda la fuerza de sus circunstancias. Basta enmarcar, por ejemplo, las motivaciones que nuestro autor confiesa en el pórtico de su libro (el magisterio y la escritura) para verificar la impronta de las pasiones en toda práctica humana.

La realidad que se piensa a sí misma, es decir, la conciencia crítica, sin embargo, halla insuficiente toda explicación que deslinde lo que de suyo se expresa como una totalidad. Los deslindes metodológicos deberán subrayar este principio, si se aspira a la construcción de senderos verbales que orienten el ingreso y retorno de la aventura intelectual. Los apartamentos conceptuales precisan un tono de la contienda histórica que los científicos han debido animar desde sus posiciones, nunca exentas de referentes éticos y políticos. Porque la práctica de la ciencia no puede prescindir de móviles axiológicos que rebasan la curiosidad innata del espíritu inquisidor. Más allá de la confrontación sujeto - objeto el ejercicio intelectual implica un producto: el conocimiento, con toda la secuela de efectos que la historia designa con los términos intolerancia, genocidio, autoritarismo, pobreza. La segunda parte del libro en cuestión, Decidir, se ocupa de esa franja de la realidad. "La pobreza y el hambre -nos recuerda el escritor- siguen siendo el primer horror para vergüenza de la humanidad". Las huellas de lo ideológico en la práctica de la ciencia y de la tecnología son evidentes. Acaso una perspectiva distinta de los grandes problemas que agobian a los millones de marginados del progreso científico y material pudiera ofrecernos un claridad mayor que los estadísticos de la ingeniería de finanzas y de los proyectos de inversión del gasto público. Lo visible es la creciente desproporción entre las sociedades, organizaciones e instituciones que detentan los avances del conocimiento científico y tecnológico, así como del empleo mercantil que promueven, incluso, los estados y gobiernos nacionales, y la contraparte de los desheredados, en los márgenes de la sobre vivencia y al arbitrio de los modelos económicos de moda.

Una expectativa de solución profunda para los marginados del progreso estalla en la esperanza que intermitentemente despierta desde la sociedad civil. Ese ventiladero de utopías. Hartos de los vicios y vacíos de diversa procedencia; incrédulos ante la efectividad mil veces manida del sufragio; desconfiados de las "bondades" de plástico y del canto de las sirenas del modelo de libre mercado, los ciudadanos organizados se mueven. Más allá de logotipos y banderas la sociedad civil pugna por decidir una suerte distinta para su futuro, desde la creencia común de que lo mejor está por venir. Porque en el fondo -nos recuerda nuestro autor- en algo debemos de creer.

En conclusión, Conocer y decidir es una especie de lección magistral polémica y útil que incide, en efecto, con el escándalo de las pasiones más trascendentes del Ser humano en la reflexión crítica de nuestro presente inmediato; nos demanda saber como premisa para la acción de nuestra práctica política. Y referente oportuno para sacudir el lastre en las conciencias de los ingenuos que creemos aún en la utopía.

___

Museo de Arte, Santiago de Querétaro, marzo de 1999.

Entradas populares

Imagen

LA IGUANA

Imagen

FUGAS EN MÍ MENOR

Imagen

PATERNA VÍA